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Marco Sifuentes
Periodista

Crónicas Marcianas

Publicado el 16 de enero del 2019

Marco Sifuentes
Periodista

Crónicas Marcianas

Publicado el 16 de enero del 2019

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Levante la mano quien no conozca a nadie al que le digan “Popeye”. Es imposible no reconocer la icónica imagen del marinero tuerto, calvo y desdentado, que cumplió 90 años este 17 de enero. En todo este tiempo su nombre ha sido una chapa universal, un grasoso fast-food y hasta una viralizable propaganda electoral chalaca. Además, algunos dirían que fue el primer superhéroe, entendido éste como una persona con habilidades sobrehumanas que utiliza para el bien.

Pero pocos saben que sus aventuras en papel, las originales, allí donde nació, se interrumpieron para siempre hace décadas, como consecuencia de una polémica historia que satirizaba el debate sobre “la palabra con A”.

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Popeye apareció en 1929 como un personaje secundario, ocasional, de una tira cómica para periódicos llamada Thimble Theatre (“Teatro Dedal”, por el entonces novedoso tamaño de las tiras). E.C. Segar, su creador, llevaba ya una década publicándola con gran éxito. Sus historias, dibujadas con ese estilo tan reconocible del cómic gringo de los años 20, combinaban el slapstick con una mordaz crítica social. Su protagonista era Castor Oyl, hermano de Olive Oyl (cuyos nombres podrían traducirse como “aceite de risina” y “aceite de oliva”).

Pero 1929 es notable por algo en particular: la Gran Depresión. Los norteamericanos súbitamente empobrecidos necesitaban escapar de la realidad. Y lo hicieron enganchándose con este nuevo personaje: un marino brutote, de cuestionable propensión a la violencia –algo que parece atormentarlo durante fugaces atisbos de introspección– pero con corazón de oro (llega a abrir un banco que solo acepta retiros, nunca depósitos).

Fue un fenómeno de inmediato. El secundario desplazó al protagónico y la tira pasó a llamarse para siempre Thimble Theatre starring Popeye.

Para equilibrar, Segar inventa un peculiar Sancho Panza para su Quijote proletario: Pilón (otra chapa universal, como puede atestiguar el excandidato a la alcaldía limeña Diethell Columbus). El gordinflón es todo lo contrario a Popeye: éste es buscapleitos, aquél es cobarde y perezoso; uno es magnánimo, el otro es probablemente uno de los personajes más egoístas y amorales de la historia del cómic.

Tampoco hay miedo al comentario político: poco después del ascenso de Hitler y mucho antes de Pearl Harbor, Popeye se ve involucrado en una delirante guerra con el país de Nazilia.


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En todo este tiempo su nombre ha sido una chapa universal, un grasoso fast-food y hasta una viralizable propaganda electoral chalaca.

La enemistad con “Bluto the Terrible” fue un invento del cine. Los hermanos Fleischer necesitaban un antagonista para la primera incursión animada de Popeye (en un crossover con Betty Boop, 80 años antes del Universo Cinematográfico Marvel). Utilizaron a un matón que había aparecido fugazmente en Thimble Theatre y lo terminaron estableciéndolo como némesis a lo largo de más de cien imaginativos cortometrajes cinematográficos que aún hoy –a pesar de reducir al mínimo la rica mitología de Segar– continúan siendo la mejor adaptación del personaje. Uno de ellos –el primero en Technicolor– estuvo nominado al Oscar.

El consabido triángulo amoroso con Olivia es incluso posterior. Un recurso francamente barato de Paramount Studios que, en los años 40, después de despedir a los Fleischer y reducir costos, necesitaban un formato repetitivo, fácil de producir y de consumir. El resultado fue una degradación, sobre todo, del personaje femenino (inexplicablemente traducido como “Rosario” en España, la tierra del aceite de oliva). En las tiras originales, Olivia es mucho menos melosa con Popeye y, literalmente, de armas tomar: no duda en dispararle en los hombros, con notable puntería, a un grupo de bandoleros que intenta secuestrarla.

Segar no vio cómo sus creaciones fueron descafeinándose cada vez más. Murió de leucemia a los 43 años. Los derechos se quedaron con el King Features Syndicate, la poderosa agencia que desde hace más de un siglo distribuye tiras cómicas a diarios de todo el mundo.

Si fuiste un niño de los 80, o antes, lo más probable es que te hayas topado con el trabajo de Bud Sagendorf, un asistente de Segar que se encargó durante décadas de la tira (y de las revistas que llegaron a venderse en Perú). Sagendorf continuó con el estilo, entre absurdo y satírico, de su maestro. Cuando se retiró en 1986, él mismo eligió a su sucesor: Bobby London. Sus jefes pensaron que estaba loco.

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London venía de las canteras underground neoyorkinas. Disney lo había demandado por publicar a Mickey Mouse en historias de drogas y sexo. Su trabajo anterior más estable: Playboy.

Pero, al mismo tiempo, era un fan de Segar. Quiso volver a él. Y la apuesta resultó. La tira nunca había sido tan delirante y, al mismo tiempo, relevante. Mientras el mundo real mira la Guerra del Golfo, en el cómic, Popeye viaja a un país árabe imaginario por una “Oyl crisis” (un juego de palabras con el apellido de Olivia y la palabra inglesa para “petróleo”).

–Popeye fue un producto de su tiempo –dijo London en una entrevista–. Segar hablaba de depresión económica, sindicatos, gángsters, faldas cortas, fascismo, política. Yo quise que el lector contemporáneo vuelva a identificarse con él.

Durante seis años las historias se salpicaron con guiños metaficticios. Popeye a veces recibe misteriosos memos corporativos que le exigen usar la gorrita de los dibujos animados. Una noche, se le ve en un puerto de Miami introduciendo contrabando de “espinaca boliviana”. Otra vez, Bluto le regala un insoportable robot bebé a Olivia. Un cura que pasa por ahí escucha que ella “está esperando el bebé de Bluto”, y un consternado Popeye le sugiere que “se deshaga de él”. El sacerdote piensa lo peor y… allí quedó todo.

London fue despedido antes de que pudiera seguir con la historia y, desde entonces, desde 1992, en los periódicos se publican simples reimpresiones de Sagendorf. Sí, las revistas continúan y cada cierto tiempo se lanza una nueva versión animada aún más tonta que la anterior. Pero la continuidad original se truncó. Hace décadas que no se produce material nuevo para la tira en la que nació Popeye. Quizás la moraleja es que hay peleas que ni siquiera toda la espinaca boliviana del mundo pueden ganar. Ese consejo te doy porque, claramente, Popeye el marino no soy.

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