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Marco Sifuentes
Periodista

Crónicas Marcianas

Publicado el 29 de abril del 2019

Marco Sifuentes
Periodista

Crónicas Marcianas

Publicado el 29 de abril del 2019

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Tranquilos, aquí no hay spoilers. Escribo cuando todavía no he visto Endgame. De hecho, escribo esto para ordenar mis ideas antes de ver Endgame. Quizás les sirva a ustedes también.

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No soy el primero en notar lo siguiente: En el Universo Cinematográfico Marvel los padres están allí para que los tumbes de su pedestal. Esa es, según las 22 películas que hemos visto, la forma correcta de crecer.

Veamos. La principal motivación de Spider-Man, Ant-Man y la Capitana Marvel es el desafío que representan sus figuras paternas. A lo largo de la saga, se va revelando que Howard Stark, el papá de Iron Man, se apoderó o quiso apoderarse de los inventos de Anton Vanko y Hank Pym. En películas más recientes, Thor y Black Panther descubren que sus progenitores les habían ocultado que construyeron sus reinos con una indolente cuota de sangre. Es peor para Star-Lord: resulta que su verdadero padre es un genocida egomaníaco. Algo parecido sufren Nebula y Gamora, aunque –y esto es clave– con un matiz distinto: Thanos no es exactamente un villano malo-malísimo; más bien es un “papá que lo sabe todo”.

No soy el primero en notar lo siguiente: En el Universo Cinematográfico Marvel los padres están allí para que los tumbes de su pedestal. Esa es, según las 22 películas que hemos visto, la forma correcta de crecer.

Y aquí entramos en materia. Como cualquier padre autoritario, Thanos quiere moldear el universo según su visión. Pero hay otro padre –otro “father knows best”– contra el que deberá competir; alguien que figurativamente es el “papá” del MCU, el que lo hizo nacer: Tony Stark.

– Stark… –le dice Thanos, haciendo un pausa durante un combate en Infinity War.

– ¿Sabes quién soy? –pregunta Tony.

– Por supuesto. No eres el único con la maldición del conocimiento.

Puede haber muchas razones argumentales para esa respuesta, pero también existe una motivación temática. Los dos son pares entre sí. Ambos “saben” más que el resto, que sus hijos, que el universo. Pero solo hay lugar para uno de ellos. El MCU, sorry, no puede tener dos papás.

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Hace unos años, un par de artistas limeñas expusieron, en una galería de San Isidro, una muestra fotográfica en la que comparaban a los campesinos post Reforma Agraria con niños a los que sus papás habían dejado sueltos por allí. La infantilización del sometido no es nada nuevo. Desde las épocas romanas, un senador es un “padre de la Patria”.

Vean de nuevo, si pueden, Infinity War, pero ahora pensando en eso. Josh Brolin tiene que haberlo tenido en mente cuando interpretaba a Thanos. Es una voz cargada de paternalismo y condescendencia, jamás de odio ni maldad. Thanos se ve a sí mismo como el padre del universo entero, el que toma las decisiones más sabias, mejores, aunque sus “hijos” no las entiendan (por algo sus secuaces se llaman “Children of Thanos”). Como si le dijera a todos los seres vivos la versión más extrema de “toma tu sopa, es por tu bien”. Cuando lanza a Gamora al vacío casi lo podemos escuchar diciendo “esto me va a doler más a mí que a ti”.

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La historia de la saga del Infinito –de esas 23 películas– es la historia de cómo Tony Stark se volvió un buen padre. Empieza como un adolescente perpetuo y termina como figura paterna de Peter Parker, un adolescente real. Pasa de vanagloriarse de haber “privatizado la paz mundial” a defender la subordinación de los superhéroes al aparato estatal.

¿Cómo sucedió? En Iron Man 2 supera el legado tóxico de su papá y ya para Age of Ultron ha asumido el rol de financista, es decir, de benefactor, es decir, de padre proveedor de sus compañeros. Pero además tiene “la maldición del conocimiento”, gracias a la visión del futuro que le provocó Scarlet Witch. Por eso se vuelve un padre-que-sabe-más-que-tú y mete la pata creando a Ultron y vuelve a meter la pata intentando controlar a sus hijos en Civil War.

En Infinity War, Tony se topa con una versión extrema de sí mismo. Thanos es otro padre que ha querido imponerse a sus hijos y que, de hecho, lo consigue. Y así, mientras Tony ve desvanecerse a Peter en sus brazos, completa su viaje de regreso. Experimenta la consecuencia final de la paternidad tóxica: anular a sus hijos.

Thanos se ve a sí mismo como el padre del universo entero, el que toma las decisiones más sabias, mejores, aunque sus “hijos” no las entiendan (por algo sus secuaces se llaman “Children of Thanos”). Como si le dijera a todos los seres vivos la versión más extrema de “toma tu sopa, es por tu bien”.

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No es casualidad que, al final de Infinity War, quede vivo el equipo original. Los padres fundadores. Los que tendrán que demostrar que pueden superar los errores de la generación que los precedió. Porque en el Universo Cinematográfico Marvel crecer no solo significa ocupar el lugar de tu padre. Significa, también, hacerlo mejor.

Y hacerlo mejor significa todo lo contrario a lo que propone Thanos. No imponer tu voluntad a tus hijos, sino confiar en ellos. No moldear con la fuerza, sino con ejemplo. Y, de ser necesario con la inmolación. Porque, si crecer significa convertirte en padre, convertirte en padre requiere que te bajes de tu pedestal para que tus hijos puedan subir a él.

Permitir que los que vienen después puedan ocupar tu lugar en el mundo.

Asumir que llegó el momento de ceder el paso a la siguiente generación.

Dejar tras de ti un universo en el que ellos puedan crecer en libertad.

Incluso si eso significa sacrificarlo todo.

Whatever it takes.

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