Fundación BBVA Continental
Publicado el 8 de octubre del 2018
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¿Alguna vez has tocado petróleo? ¿Sabes cómo se siente tenerlo untado en las manos, en el cuerpo? Osman sí sabe. Él tiene once años e integra una comunidad awajún de la Amazonía peruana que en 2016 se vio directamente impactada luego de que una tubería rota derramara quinientos mil litros de petróleo en el río, en lo que fue considerado en su momento «el mayor desastre ecológico de la última década».

«El petróleo no sale, no se limpia con agua», me cuenta Joseph Zárate, el cronista peruano que escribió la historia de Osmán para la revista española 5W, por la cual se hizo merecedor el jueves pasado, en Medellín, del premio Gabriel García Márquez de Periodismo.

La noche anterior a la ceremonia estaba sentadoen la barra del bar del hotel Intercontinental: cervezas Club Colombia, maní confitado, ruido de alto tránsito en el lobby. Vi aparecer a Joseph y nos pusimos a charlar sobre los candidatos al premio. Él se mostró cauto porque sabía que las otras dos historias finalistas (una sobre la conversión a  la religión de decenas de pandilleros centroamericanos; otra acerca de los miles de ciudadanos venezolanos sin militancia política que fueron apresados por el gobierno de Nicolás Maduro) eran igual de potentes que la suya. «Seguro gana la venezolana», pronosticó sin pesimismo.

Triunfó el peruano finalmente y, tras recibir el premio de manos de la reconocida autora argentina Leila Guerriero, con el boscoso Jardín Botánico de fondo, invitó a los cronistas de América Latina «a no dejar de escribir», a seguir contando «los dramas de los hombres, mujeres y niños menos visibles de nuestros pueblos».

«El petróleo no sale, no se limpia con agua», me cuenta Joseph Zárate, el cronista peruano que escribió la historia de Osmán para la revista española 5W, por la cual se hizo merecedor el jueves pasado, en Medellín, del premio Gabriel García Márquez de Periodismo.

Durante los siguientes días y noches en Medellín, ya sea en esa mesa esquinada y pringosa de El Guanábano, detrás del humo del parque del Periodista, e incluso bajo el ruido cumbanchero del Son Havana o el Tíbari, las conversaciones con Johan llevaban el sello de la empatía, el recuerdo, la deliberada sobreinterpretación de anécdotas, la carcajada, el brindis.

Lo conocí hace años a través de Etiqueta Negra, la revista donde él empezaba a escribir y yo colaboraba cada tanto. Julio Villanueva, el director, me había encomendado escribir una crónica sobre el deteriorado oficio de los payasos, que en esa época empezaban a ser desterrados de las fiestas infantiles por culpa de animadoras en minifalda, y me asignó un ayudante, un chico nuevo, es bueno, me dijo, un tal Joseph Zárate.

Desde esa época no hemos coincidido muchas veces, pero las dos últimas, por todo lo contado y lo vivido, han valido por estos años sin frecuentarnos. El 2016, en Madrid, nos reencontramos y sostuvimos una larga, rociada conversa en un bar cercano a la puerta de Alcalá. Otro premio periodístico lo aguardaba en ese momento: nada menos que el Ortega y Gasset.

En este mundillo nuestro, en el que a menudo proliferan sujetos soberbios, cuya obra no está a la altura de su arrogancia, de veras que da gusto encontrar a un tipo como Joseph, humilde entre los humildes, dueño de una sensibilidad y un talento que muy pocas veces coinciden.

No veo la hora, Joseph Douglas, de leer la historia completa de Osmán, el niño manchado de petróleo, en ese libro tuyo que saldrá el próximo año, el que soltaste después de mucho tiempo, el libro de las guerras del interior. Las tuyas y las nuestras.

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