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Renato Cisneros
Periodista, poeta y novelista

Que sabe nadie

Publicado el 30 de marzo del 2020

Renato Cisneros
Periodista, poeta y novelista

Que sabe nadie

Publicado el 30 de marzo del 2020

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Lean el Ulises. El Quijote. Moby Dick. La Montaña Mágica. Guerra y Paz. Aprovechen la cuarentena y devoren todo Proust. Y de paso vean todo El Padrino, es más la filmografía de Coppola completa. Y los últimos estrenos de Netflix. Y las cuatro temporadas de la última serie de HBO. Y después de eso vuelvan a leer. Y, si pueden, lleven un diario.

La consejería cultural para sobrellevar ese aislamiento social, pródiga en títulos, películas y derivados, no pasa de ser un gesto bienintencionado, útil en apariencia, no necesariamente eficaz.

Es evidente que algo está fallando. Ya en los primeros días del confinamiento podíamos intuirlo: esto no trata solo de estar metidos en casa un tiempo; trata de algo muy grave, una pandemia desencadenada por un virus que está matando y seguirá matando a miles de personas en todo el mundo por un buen rato más.

Complicado leer. Más aún escribir. Para cualquiera que se dedique a labores creativas, este encierro forzado –en teoría, una oportunidad de oro para materializar por fin algún proyecto largamente abandonado– no trae consigo la cuota de inspiración requerida. Como en todo, hay excepciones. Escritores como Enrique Vila Matas, Fernando Aramburu, Soledad Puértolas o Martín Caparrós han asegurado en entrevistas estar tan acostumbrados a estas condiciones que la cuarenta no les ha supuesto un cambio significativo de rutinas. Hay otros que sencillamente no pueden trabajar.

Es mi caso.

Intento leer, pero a las pocas páginas me doy cuenta de que tengo la cabeza en otra parte. ¿Le sucede a alguien más? Si es así, por qué nadie está hablando de eso, de lo difícil que resulta ser productivo en esta coyuntura. No me refiero solo a la falta de tiempo debido a las muchas cosas que toca hacer en casa. Me refiero a la falta de concentración. El ambiente está enrarecido, pesado. La situación que vivimos es tan insólita que, al menos a mí, aquí en Madrid, la segunda ciudad del mundo en cantidad de muertes, la primera en mayor número de pérdidas humanas en 24 horas, se me hace imposible fijar el pensamiento en otra cosa que no sea la cantidad de contagiados y fallecidos por Covid-19 que se registran a diario, en eso y en la sensación de estar atestiguando algo así como una versión del fin del mundo menos estridente o cinematográfica de lo que imaginábamos, pero igual de definitiva. Los especialistas en salud mental vienen señalando que en las actuales circunstancias es fácil padecer estrés, hastío, ansiedad o hipocondría. Para aquellos que somos claustrofóbicos –o que nos gusta permanecer encerrados pero sabiendo que podemos decidir cuándo dejar de estarlo–, el panorama es más adverso, pues la cuarentena, dicen los expertos, saca de uno el lado pesimista, desesperanzado.

La necesidad de estar informado tampoco colabora. Son tantas las noticias, las fake news, los comunicados, los pronunciamientos, los vídeos, los tuits, los memes, los chats, que lo importante se mezcla con lo insulso y lo cierto con lo engañoso, dando como resultado una comunicación cansina plagada de falacias y malentendidos.

Por momentos uno busca alejarse del drama, al menos un rato, pero luego la mala conciencia juega malas pasadas (sobre todo si eres periodista) y acabas sintiéndote culpable o poco empático por estar ocupándote de otras cosas distintas al coronavirus.

¿Cómo intento paliar los estragos de este confinamiento? En cuanto a contenidos audiovisuales, es mi hija quien toma el mando: vemos El Mago de Oz y Las Aventuras de Tintín, oímos las canciones de La Granja de Zenón. Cuando puedo, casi nunca, escucho podcast literarios y antiguas entrevistas a escritores que aprecio. No puedo leer novelas, con las justas cuentos o relatos (Ribeyro, Onetti, Berlin, Nona Fernández) y, eso sí, mucha poesía, más que de costumbre. La poesía es el género ideal para estos escenarios: no por su economía verbal, que también, sino por sus efectos directos en el espíritu y su capacidad para revelar el propio estado de ánimo del lector, como este poema de Jorge Eduardo Eielson, extraído de su libro Mutatis Mutandi, que define tan bien la infertilidad creativa a la que me referí líneas arriba.

(10)

escribo algo

algo todavía

algo más aún

añado palabras pájaros

hojas secas viento

borro palabras nuevamente

borro pájaros hojas secas viento

escribo algo todavía

vuelvo a añadir palabras

palabras otra vez

palabras aún

además pájaros hojas secas viento

borro palabras nuevamente

borro pájaros hojas secas viento

borro todo por fin

no escribo nada

[*****]

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