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Renato Cisneros
Periodista, poeta y novelista

Que sabe nadie

Publicado el 3 de febrero del 2020

Renato Cisneros
Periodista, poeta y novelista

Que sabe nadie

Publicado el 3 de febrero del 2020

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Mario Vargas Llosa detectó en el tirano Rafael Leonidas Trujillo, dictador de República Dominicana, los rasgos de un personaje al que le faltaba una novela.

Hace veinte años apareció ese libro, «La Fiesta del Chivo» –una de las mejores entregas del Nobel peruano–, donde se recrean los últimos años de aquella dictadura sangrienta que asoló al pueblo dominicano desde los años treinta a los sesenta.

En 2006, Luis Llosa dirigió la adaptación cinematográfica, que contó con Isabella Rossellini en el papel de Urania Cabral, el otro gran personaje de la novela de Vargas Llosa.

Y el año pasado, en Madrid, nada menos que con Carlos Saura como director, se estrenó la versión teatral, que aún puede verse en estos días, donde el soberbio Juan Echanove consigue hacerle creer al espectador que quien está enfrente es el mismísimo sátrapa caribeño.

Como todo dictador, Trujillo fue muy popular en su momento. Dotó al país de una infraestructura que, junto con la recuperación económica que alcanzó al inicio de su gobierno, se convirtió en la mejor publicidad del régimen, y en la mascarada ideal para disimular sus propósitos de concentración de poder.

Pero Trujillo además era cruel. Mantenía vigilados a quienes no simpatizaban con su gobierno. Los dominicanos aún recuerdan los Cepillos, esos camiones militares que daban lentas rondas por determinados barrios y que muchas veces se llevaban a la fuerza a quienes eran críticos del presidente. Primero los ablandaban a golpes hasta desmayarlos y luego los reanimaban con descargas eléctricas. Otros tenían peor suerte y acababan despatarrados en la calle con un balazo en la cabeza.   

Dotó al país de una infraestructura que, junto con la recuperación económica que alcanzó al inicio de su gobierno, se convirtió en la mejor publicidad del régimen, y en la mascarada ideal para disimular sus propósitos de concentración de poder.

Hay aspectos de la psicología de Trujillo que resultan fascinantes de tan retorcidos y que Vargas Llosa retrata con maestría. Trujillo era, por ejemplo, un hombre tremendamente megalómano. Vivía obsesionado con las medallas que colgaban de su uniforme. Les pedía a los niños que lo llamaran Papá Trujillo (la propia ciudad de Santo Domingo fue rebautizada esos años Ciudad Trujillo, por orden del dictador). Y, por supuesto, era un mujeriego impenitente; se acostaba incluso con las mujeres de sus propios colaboradores, y lejos de ocultárselos se los hacía saber, pero nadie lo enfrentaba por temor a las crueldad de las represalias.

Se casó tres veces y llegó a reconocer a diez hijos. Nunca ocultó su favoritismo por dos de ellos: Angelita, que en 1955 fue coronada durante la celebración de los veinticinco años de la dictadura, en una ceremonia opulenta en la que llegó a gastarse un tercio del presupuesto nacional; y Ramfis, quien recibió el grado de coronel a los cinco años. A los nueve, fue ascendido a general de brigada.

Se dice que Trujillo era un individuo arribista, que tenía una profunda necesidad de reconocimiento social porque su madre era de origen haitiano, lo que producía en él honda vergüenza. De hecho, desarrolló una evidente política xenofóbica hacia la población dominicana que compartía ese origen y contra los propios haitianos que cruzaban la frontera. El trato que les deparó ha sido comparado con el que Hitler dio a los alemanes de origen judío: primero acosándolos con una serie de impuestos y regulaciones legales para luego decidir sobre sus vidas. La famosa Masacre del Perejil no fue otra cosa que un acto genocida donde se calcula que fueron asesinados unos veinte mil haitianos.

Trujillo enfermó de cáncer de próstata, pero no murió debido a esa enfermedad. Fue ajusticiado en una emboscada el 30 de mayo de 1961. El vehículo del dictador acabó con sesenta impactos de balas de metralletas. Las armas, se supo después, las había proporcionado la CIA. El pueblo dominicano no ocultó su entusiasmo al enterarse de la muerte del tirano. Inclusive se compusieron canciones para celebrarlo. El merengue «Mataron al Chivo», de Antonio Morel no puede ser más elocuente:

«El pueblo celebra, con mucho entusiasmo, la fiesta del chivo el 30 de mayo. Vamos a reír, vamos a bailar, vamos a gozar…el 30 de mayo…día de la libertad»

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Imagen © Fronteiras do Pensamento en Flickr

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