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Renato Cisneros
Periodista, poeta y novelista

Que sabe nadie

Publicado el 8 de mayo del 2020

Renato Cisneros
Periodista, poeta y novelista

Que sabe nadie

Publicado el 8 de mayo del 2020

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En un pasaje de El Guardián entre el Centeno, tras conversar con la madre de un estudiante de su escuela en el tren que lo lleva a Nueva York, Holden Caulfield –o J.D. Salinger a través de Holden– concluye: «Mothers are all slightly insane». Todas las madres están ligeramente locas. ¿Pensaría Salinger lo mismo de su propia madre, la autoritaria Marie Jillich, en quien se basó para construir al personaje de la madre de Holden Caulfield? ¿Qué piensan los escritores de sus madres? ¿Se trata de figuras decisivas e inspiradoras para llevar la vocación adelante, o resultan un obstáculo, una carga cuyo peso es vengado en las ficciones?

La relación de Salinger con su madre experimentó altibajos –más bajos que altos quizá–, pero era cordial si la comparamos con la que Balzac, Baudelaire, Scott Fitzgerald, Truman Capote, Marguerite Duras o Michel Houellebecq tuvieron con la suya. En su ensayo «Novela Familiar. El universo privado del escritor» (Páginas de Espuma, 2010), el argentino Blas Matamoro cuenta detalles minuciosos de esos vínculos, casi todos lastrados por un odio que nunca logró superarse. Honoré Balzac, por ejemplo, fue criado por una nodriza hasta los cuatro años. La madre había quedado muy deprimida tras la pérdida de su hijo mayor, que murió siendo bebé, y cuando Honoré recién nació no quiso hacerse cargo de él. Eso, sumado a la presencia continua de amantes y hasta de un hijo bastardo en la vida de su madre, llevó a Honoré a un odio visceral. «Nunca tuve madre», confesó el autor de La Comedia Humana, «mi madre es la causa de todo el mal de mi vida». A pesar de varias relaciones importantes, el autor francés nunca formó una familia. Intentó convivir con su única esposa, Madame Hanska, pero cuando estaba ya enfermo de muerte. 

Francis Scott Fitzgerald (1896-1939) consideraba una «neurótica» a su madre. Se Matamoro cuenta que se trataba de una mujer advenediza, lectora de vulgaridades, que despreciaba a su marido y, por extensión, a su hijo. Ni falta hace decir que no guardaba estima alguna por los libros que Francis escribía. Lo mimaba, lo sobreprotegía, pero no lo quería. El niño –que como escarmiento escribió un cuento donde un hijo mata a su madre– padecía una inseguridad nativa, heredada de su madre: «necesitaba halagar a los demás, sobre todo a ricos y famosos», dice Matamoro. 

En su ensayo «Novela Familiar. El universo privado del escritor» (Páginas de Espuma, 2010), el argentino Blas Matamoro cuenta detalles minuciosos de esos vínculos, casi todos lastrados por un odio que nunca logró superarse.

En «Las partículas elementales», su novela más famosa, Michel Houellebecq describió a la madre de la historia como una hippie promiscua que abandona a sus hijos. Su madre en la realidad, Lucie Ceccaldi, se sintió aludida, ya que en otras entrevistas el escritor francés se había referido a ella como «una triste y vieja fulana», además de decir públicamente que la daba por muerta. En 2008 ella escribió un libro, «El Inocente», para muchos un ajuste de cuentas. Allí asegura que no hablará más con su hijo hasta que le pida perdón públicamente y admita «que es un mentiroso y un impostor».

En la otra orilla de esos afectos están Antonio Machado, Borges, Cortázar, Marcel Proust, Lezama Lima o Richard Ford, quienes vivieron muy unidos a sus madres. Blas Matamoro cuenta que la madre de Lezama era tan déspota que, pese a que su hijo era homosexual, ella insistió en que debía casarse, es más, le indicó con quién, María Luisa Bautista, una profesora de literatura. No obstante esos mandatos, él sentía gran complicidad y admiración hacia su madre y hasta se dice que escribió «Paradiso», su libro consagratorio, su única novela, prácticamente a pedido suyo.

En la otra orilla de esos afectos están Antonio Machado, Borges, Cortázar, Marcel Proust, Lezama Lima o Richard Ford, quienes vivieron muy unidos a sus madres.

También Marcel Proust desarrolló hacia su madre una fascinación que marcaría su obra. Entre los 15 y 21 años, el autor de «En Busca del Tiempo Perdido» incluyó a su madre al responder en dos ocasiones la pregunta «¿Cuál sería su mayor desgracia?». La primera vez dijo: «Estar separado de mi madre»; la segunda, «no haber conocido a mi madre ni a mi abuela». En su ensayo «Madame Proust. La mamá del pequeño Marcel» (2006), Evelyne Bloch-Dano cuenta que Proust heredó de su madre, Jeanne Weil, el interés por los libros y la escritura. Fue ella quien lo empujó a poner por escrito sus ideas, pues advirtió que su hijo, a pesar de ser un chico mimado e inconstante, tenía verdadero talento. A diferencia de su hermano menor, el obediente Robert –médico como su padre (el doctor Adrien Proust)–, Marcel resultó hipersensible, excéntrico conflictivo, asmático y homosexual. Es innegable que estaba enamorado de su madre y que mantuvo con ella una relación absorbente, pero a la vez fructífera. Los personajes femeninos más importantes de En Busca del Tiempo Perdido están inspirados en su madre y su abuela, y si existe un sentimiento que recorre sus miles de páginas es el de un evidente amor filial.  

Para finalizar mencionaremos al poeta y narrador alejandrino Fabio Morábito, quien en 2015 publicó un bellísimo libro titulado «El idioma materno», una compilación de textos entre ensayísticos y narrativos, en los que describe, entre otras, la experiencia de poseer una lengua original, el italiano, distinta de aquella en la que ha escrito la totalidad de su obra, el castellano.  

Se sabe poco de la relación de Morábito con su madre, pero sin duda se trata de un personaje central en su biografía. Cuando publicó su primera novela, a los 55 años, después de décadas de sacar a la luz poemarios y relatos breves, su madre lo celebró con una exclamación: «¡un libro, al fin!». El autor afirma que su madre tiene razón pues el destino de los poemas y cuentos es valerse por sí solos.  Y concluye con una hermosa reflexión: “se abdica del idioma materno porque se abdica del llanto y se abdica del llanto porque sólo dejando de llorar se puede escribir”.  

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