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Renato Cisneros
Periodista, poeta y novelista

Que sabe nadie

Publicado el 10 de diciembre del 2018

Renato Cisneros
Periodista, poeta y novelista

Que sabe nadie

Publicado el 10 de diciembre del 2018

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Año 1988. Mis padres regresaron de un viaje a Buenos Aires trayéndome de regalo una edición especial de la revista El Gráfico: la historia del Boca-River. La portada era la reproducción de un óleo que enfrentaba a Diego Maradona y Norberto Alonso, símbolos unánimes de cada institución. Llena de fotos históricas, crónicas espléndidas y datos poco conocidos del clásico del fútbol argentino, la edición era una joya por donde se le viera, un suvenir que cualquier hincha futbolero atesoraría.

Por eso a la mañana siguiente, cuando al otro lado del vidrio de la vieja mampara que separaba la cocina del jardín vi una página de la revista surcar el aire, sola, como si alguien la hubiese arrancado, temblé de miedo. En los segundos siguientes otras páginas fueron apareciendo dispersas en el aire, meciéndose en el viento de aquel otoño. Corrí despavorido hacia ellas y, al cruzar la mampara, fui testigo de un espectáculo horrendo: nuestro perro, un pastor alemán al que mi padre había bautizado Coraje, masticaba con cólera lo que quedaba de la historia del Superclásico. Ni una hoja de la revista se salvó. Tanto me enojé con el perro que cuando meses más tarde apareció muerto en la terraza por envenenamiento, más de uno en la casa me miró con suspicacia.

La de ayer fue una noche llena de primeras veces. Primera vez en ver un clásico argentino; primera en entrar a esa basílica laica que es el Santiago Bernabeu; primera en atestiguar una final de Copa Libertadores.

Llegué al estadio sin agenda ni sentimientos comprometidos. A diferencia de muchos amigos que creen que, si en Perú eres hincha de la ‘U’, en Argentina debes simpatizar con River Plate por un supuesto parentesco de origen, mis lealtades son menos taxativas. A lo largo de los años ha habido equipos de Boca Juniors que han despertado mi más genuina admiración (retrospectivamente, los que integró Maradona, y después los que dirigió Carlos Bianchi), pero también he sentido debilidad por River cuando ahí jugaban Fillol, Ruggeri, Francescoli, Alzamendi, Funes, Gallardo, Aimar y tantos otros.

Anoche, sin embargo, bastaron diez minutos para inclinarme por los ‘Millonarios’, no solo por las virtudes que demostraban en la cancha con su mejor juego de equipo, sino porque estaba rodeado de hinchas suyos (entre ellos el ilustre Martín Demichelis, sentado a solo cuatro butacas), cuya devoción traducida en saltos, cánticos y lágrimas era imposible de pasar por alto. Además, no puedo negarlo, esa camiseta blanca cruzada por una franja roja tiene reminiscencias que todo peruano reconoce.

Anoche, sin embargo, bastaron diez minutos para inclinarme por los ‘Millonarios’, no solo por las virtudes que demostraban en la cancha con su mejor juego de equipo, sino porque estaba rodeado de hinchas suyos

El espectáculo deportivo no fue precisamente virtuoso —es más, debe ser el partido más flojo jugado en el Bernabeu en mucho tiempo—, pero tuvo otros condimentos que salvaron la jornada, como el temperamento y reciedumbre de ciertos jugadores, algunas ráfagas de inspiración típicamente sudamericana, por no decir nada de los cuatro golazos que hicieron retumbar la noche dominical madrileña a niveles infrecuentes.

Lo más emotivo, sin embargo, sucedió después de concluido el partido, ya con la Copa entregada a su nuevo dueño. Me refiero a la estampida de hinchas de River por las calles aledañas al Bernaebu. Muchos de ellos habían viajado como pudieron desde Argentina y ahora no cabían en la felicidad de saber que regresarían con el título entre las manos; otros confesaban residir en España y lloraban porque se habían visto milagrosamente beneficiados por el cambio de sede del partido y todo les parecía «demasiado grosso»; también me crucé con unos pocos que no eran ni de River ni de Boca, pero para quienes venir a esta final era una oportunidad para reencontrarse con su himno, sus raíces, su sangre.

Si hace 30 años, en medio de esos amargos lloriqueos que solté luego de ver mi revista El Gráfico hecha tiritas entre los colmillos de Coraje, alguien me hubiera dicho que algún día estaría presente en un Boca-River decisivo, un Superclásico de final de Libertadores, la rabieta me hubiera durado menos. O quién sabe, tal vez no hubiese creído tal pronóstico. Lo que quiero decir con todo esto es que anoche el chiquillo que perdió la revista también estuvo conmigo en la tribuna. Y salió feliz, satisfecho, reconciliado por fin con el fantasma de su perro.

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