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Renato Cisneros
Periodista, poeta y novelista

Que sabe nadie

Publicado el 25 de noviembre del 2019

Renato Cisneros
Periodista, poeta y novelista

Que sabe nadie

Publicado el 25 de noviembre del 2019

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Freddie Mercury murió de sida el 24 de noviembre de 1991. Facebook me lo ha recordado. Hoy desperté viendo el vídeo de Queen tocando «Bohemian Rhapsody» en el estadio de Wembley, en el festival benéfico Live Aid 1985, para muchos el mejor espectáculo musical-mediático de todos los tiempos. 

Vi ese vídeo y no pude dejar de ver los demás. Esa tarde-noche en Londres la banda hizo una presentación que duró solo veinte minutos pero que alcanzó para terminar de consagrarlos, en especial a Mercury, que hipnotizó a los setenta y cuatro mil asistentes en el estadio, y a los millones de televidentes que siguieron el Live Aid desde más de 70 países. 

Ese día Mercury fue una bestia. Un fenómeno que solo me animo a calificar de torrencial. Apareció con una camiseta sin mangas, un brazalete ajustándole el bíceps derecho, un Wrangler gastado, unas Adidas blancas con rayas negras y un cinturón oscuro, y no desaprovechó un solo instante. 

Su voz inimitable, sus ademanes, sus aspavientos, sus contorsiones, sus zancadas, sus arengas, la forma en que maniobraba el micrófono, arañaba la guitarra o aporreaba el piano; todo en él era a la vez genuino y performático; un irresistible acto de seducción dirigido a las tribunas y las cámaras. A su lado, los integrantes de Queen son apenas sombras armónicas. Mercury tenía 38 años y sabía, sin duda sabía, que estaba paralizando al mundo. En la historia del rock, pocas, poquísimas veces alguien ha conseguido algo parecido sobre un escenario.   

Después de «Bohemian…», tocaron «Radio Ga-Ga», «Ay-Oh», «Hammer to Fall», «Crazy Little Thing Called Love», «We Will Rock You» y «We are the Champions». Un setlist ganador. Pregúntenle a cualquiera que sepa: Queen fue el gran triunfador de ese megaconcierto, y eso que por allí desfilaron algunos de los mejores músicos y bandas de los últimos cincuenta años: Paul McCartney, David Bowie, Bob Dylan, Mick Jagger, The Who, Elton John, Sting, Phil Collins, Dire Straits, U2, Elvis Costello, Simple Mind y Spandau Ballet. 

Ese día Mercury fue una bestia. Un fenómeno que solo me animo a calificar de torrencial. Apareció con una camiseta sin mangas, un brazalete ajustándole el bíceps derecho, un Wrangler gastado, unas Adidas blancas con rayas negras y un cinturón oscuro, y no desaprovechó un solo instante. 

Para quienes en esa época no éramos ni siquiera adolescentes (en julio de 1985, yo navegaba por quinto de primaria), Queen se tornaría importante años más tarde, y junto con la banda heredaríamos a Mercury como ídolo generacional. No solo las canciones lo hicieron admirable, sino su resistencia a encorsetarse en los cánones sociales todavía conservadores de los setenta y ochenta. 

De los libros que han circulado sobre él hay cierto consenso en señalar a «Mercury: an intimate biography» (Touchtone, 2012), de la periodista musical británica Lesley-Ann Jones, como una de las biografías más fidedignas y también reveladoras. Después de hacer cien entrevistas, la autora cuenta detalles de la amistad que Mercury mantuvo con Bowie, Elton John o Michael Jackson, además de pormenores de su vida artística y de su homosexualidad. Fue un genio, un adelantado, pero también un ser extraño, ensimismado y solitario. A veintiocho años de su muerte, solo queda una certeza sobre él: sigue poderosamente vivo. 

 

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