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Verónica Ramírez
Periodista

Mujer tenía que ser

Publicado el 20 de abril del 2020

Verónica Ramírez
Periodista

Mujer tenía que ser

Publicado el 20 de abril del 2020

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Al principio tenía que usar una estrella amarilla para distinguirse de los demás ciudadanos, después le fue prohibida la bicicleta, ir en auto, asistir a cualquier tipo de teatro, cine o lugar de entretenimiento y solo podía salir a comprar entre las 3 y las 5 de la tarde. Luego, ella como tantos, tuvieron que desaparecer. Es decir, huir o esconderse. En Ámsterdam, la familia Frank logró ocultarse de la peste xenófoba que estalló en los años 30 y se extendió por toda Europa a partir de la “Noche de los cristales rotos”, en 1938. En ese contexto, los Frank, un dentista y otra familia judía encontraron refugio en habitaciones camufladas en un ático cuya entrada taparon con una estantería. Antes de confinarse, Ana, la hija menor de los Frank, recibió un cuaderno por su cumpleaños número 13. Como tenía la idea de que algún día podría convertirse en escritora, empezó a detallar una pequeña vida llena de recuerdos, ilusiones  y miedos desde el encierro.

“Escribir un diario es una experiencia muy extraña para alguien como yo. No sólo porque nunca he escrito nada antes, también porque me parece que más adelante ni yo ni nadie estará interesado en las reflexiones de una niña de 13 años”, escribió sin imaginar que, con el tiempo, sus memorias se traducirían a 70 idiomas y venderían más de 30 millones de ejemplares en el mundo. 

Kitty es la amiga invisible a quien le dedica las entradas de su diario. Es a ella, y posteriormente a todos nosotros, a quién Ana explica los cambios que ocurren a su alrededor durante los dos años que vivieron encerrados en la estrechez. En las páginas de su diario se respira el cerco de la invasión nazi y, en consecuencia, las dinámicas domésticas que dependían de la caridad para alimentarse de lechugas y papas podridas, donde durante 10 horas no podían jalar la cadena del inodoro ni hacer el mínimo ruido y tenían que intentar conciliar el sueño con disparos en las calles.

Sin embargo, bajo la amenaza constante de ser descubiertos o delatados, desde la inmovilidad y el terror, Ana le abre las puertas a la ilusión, admira el sol en el exterior a pesar de la ansiedad y el hartazgo, y escribe una frase  que resuena como un norte en todo el libro. “Siempre se puede recuperar la felicidad”, dice.

“Escribir un diario es una experiencia muy extraña para alguien como yo. No sólo porque nunca he escrito nada antes, también porque me parece que más adelante ni yo ni nadie estará interesado en las reflexiones de una niña de 13 años"

En las páginas de su diario también hay lugar para el amor. Ana describe las secuelas de su romance de verano con Peter Schiff. Ellos pasaron muy poco tiempos juntos, pero, en el recuerdo, el enamoramiento se amplifica. “Desde muy temprano en la mañana hasta tarde en la noche, difícilmente puedo hacer otra cosa que pensar en Peter. Duermo con su imagen delante de mis ojos, sueño con él y cuando despierto todavía me está mirando”. Esas imágenes de un futuro prometedor, en las que mezcla el amor con la ilusión de tomar clases de patinaje sobre hielo cuando la guerra acabe, parecen darle un respiro en los más de 700 días que no vio la luz.

La niña que escribía para “desaparecer la pena y revivir el espíritu” dejó un diario que sobrevivió milagrosamente. El 4 de agosto de 1944 la Gestapo intervino el escondite y envió a los 8 ocupantes de la llamada “casa de atrás” a distintos campos de concentración. Ana murió de tifus en Bergen-Belsen pocos meses antes de que las tropas británicas liberaran el campo. El padre de Ana, Otto, fue el único de los 8 que pudo regresar con vida a Ámsterdam y recuperar el diario que consiguió publicar sin sospechar las cientos de historias, películas, obras de teatro y causas benéficas que su hija llegaría a inspirar.

“Es realmente maravilloso que no haya abandonado todos mis ideales”, escribe Ana a su querida Kitty, “aunque parezcan tan absurdos e imposibles… Debo defenderlos porque quizás llegue el momento en que pueda llevarlos a cabo”. En la dificultad de aquellos tiempos, Ana encontró una ventana imaginaria para asomarse a la esperanza y es allí donde reside la fuerza de su relato. Al narrarse a sí misma con humor, con una inteligencia precoz, con los pesares propios de la adolescencia, con pasajes de una profunda reflexión en un contexto histórico terrible, Ana resiste. Como lo hacemos todos sus lectores al enfrentarnos a las páginas de una vida de amor, dolor y guerra donde, a pesar de todo, subyace la esperanza de que, algún día, la felicidad pueda recuperarse.

 

Ana Frank (1929-1945)

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