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Jaime Bedoya
Periodista y escritor

Dubidubidu

Publicado el 6 de mayo del 2019

Jaime Bedoya
Periodista y escritor

Dubidubidu

Publicado el 6 de mayo del 2019

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La menguante pero prolongada extensión del veranillo local permite abundar en ese estado del ánimo de cuando se acaban los mejores meses del año. Que son los de las vacaciones, los del amor leve, los del efecto de sol y mar sobre nuestros cuerpos: esa ceremonia de felicidad que se llama verano.

Nadie le ha cantado mejor despedida a esos días de gloriosa vitalidad que el rey de los poetas musicales de Rio de Janeiro, don Antonio Carlos Brasileiro de Almeida Jobim, conocido para la música como Tom Jobim.

Hace casi medio siglo, con obra ya reconocida mundialmente y aún vigorosos 45 años a pesar del trajín nocturno a cuestas que tanto profesaba, Jobim consideró que era momento de colgar los chimpunes. Al menos uno de ellos. El de la juerga.

Para tal efecto se había procurado una finca en Poco Fundo, pequeña localidad de San Jose do Vale Preto, a orillas del río mismo nombre. Esto quedaba en las afueras de Rio, aún cerca a su influjo pero a 130 kilómetros de sus tentaciones.

La menguante pero prolongada extensión del veranillo local permite abundar en ese estado del ánimo de cuando se acaban los mejores meses del año. Que son los de las vacaciones, los del amor leve, los del efecto de sol y mar sobre nuestros cuerpos: esa ceremonia de felicidad que se llama verano.

UN PROYECTO DE CASA

La historia familiar de la finca acabaría siendo relevante para la consumación de la obra maestra musical que ahí nacería.  La familia Jobim pertenecía a la burguesía carioca. Como tal tenía un predio en esa zona, lugar originalmente destinado a la cría de aves como negocio. Este emprendimiento alado fracasó. El terreno se repartió entre los familiares. 

El lugar estaba rodeado de naturaleza: aves, viento, lluvias. El músico construyó él mismo su propia casa de campo con madera y piedras, lastimándose las manos mientras dedicaba su vida a hacer realidad el proyecto. 

El único inconveniente a tomar en cuenta era la llegada de las aguas de marzo: Las lluvias que anunciaban el fin del verano en el hemisferio sur. Estas aumentaban considerablemente el caudal del rio Preto, convirtiendo su dulce discurrir en un ímpetu con posibilidades de desborde. La epifanía estaba servida.

Jobim sentía que el anuncio del fin del verano no solo llegaba naturalmente al entorno sino también a su vida. Por exigencia médica ya había dejado de tomar y fumar, apostando a una posibilidad real de serenidad. Cogió su guitarra de palo y en una banca de su finca carioca escribió la canción que Sinatra llamaría ¨lo más cercano a la perfección”. Aguas de marzo empezaba así:

Es palo, es piedra,

es el fin del camino.

Es un resto de tocón,

está un poquito solo…

Es un trozo de cristal,

es la vida, es el sol.

Es la noche, es la muerte,

es un lazo, es el anzuelo…

Es un palo rosa del campo,

es el nudo de la madera.

Caingá, candela,

es Matita Pereira…

En portugués, que en realidad era brasileiro, sonaba mejor. Esta es la versión estremecedora de Ellis Regina en primerísimo primer plano¹

El único inconveniente a tomar en cuenta era la llegada de las aguas de marzo: Las lluvias que anunciaban el fin del verano en el hemisferio sur.

UNA CANCION LIQUIDA

La estructura armónica de la canción replicaba el descenso de un torrente por una ladera. En esta caída el sutil paso del tiempo líquido que iba comunicando el fin de una estación y el comienzo de una nueva etapa.

Las imágenes y símbolos aludían tanto a la ubicación del lugar donde Jobim había recibido la epifanía como a un imaginario de brasilerismo esencial.

Estaban la lluvia, el peroba (palo de rosa), la caingá (planta), la garrafa de cana (cañazo),  Matita Pereira (ser sobrenatural de espíritu bromista), y un bello horizonte (ambiguedad panorámica refugiada en la ambiguedad del nombre de la capital de Minas Gerais). Un variado menú simbólico reunidos en insuperable acuarela de bossanova.

Jobim decía que cuando él escribía la letra de una canción lo hacía recurriendo a su monólogo interior, proceso que decía le había ahorrado miles de dólares en sicoanálisis. Aquí hay una versión de este soliloquio hecho diálogo entre Jobim y Ellis Regina, un clásico obligatorio²:

Es un proyecto de casa,

es un cuerpo en la cama.

Es el coche atascado,

(es el barro, es el barro)

Es un paso, es un puente,

es un sapo, es una rana.

Es un resto de matorral

en la luz de la mañana…

En la dulzura de la melodía yacía latente el impulso de abolir la muerte de quien sabe que ya ha vivido más de la mitad de su vida. La lluvia lloviendo, el viento venteando – como canta Jobim en su canción- son una manera elíptica de referirse al terco esfuerzo de cerrar una etapa para inaugurar una nueva vida. Un verano más. Solo uno. Aquí su hijo Daniel honra al padre³:

Jobim pudo vivir veinte veranos más. Murió a los 67 años en una clínica de Nueva York entre tristes tumores y enfisemas. Era invierno.

La lluvia lloviendo, el viento venteando - como canta Jobim en su canción- son una manera elíptica de referirse al terco esfuerzo de cerrar una etapa para inaugurar una nueva vida.

En el 2010 las aguas de marzo provocaron inundaciones fatales en las localidades próximas a Rio de Janeiro, ahí donde quedaba la finca donde nació la canción. El pacto musical de Jobim sobrevivió intacto:

Es el fondo del pozo,

es el fin del camino.

En el rostro un disgusto

está un poquito solo…

Son las aguas de marzo

cerrando el verano.

Es la promesa de vida

en tu corazón.

 

(1) https://www.youtube.com/watch?v=xRqI5R6L7ow
(2) https://www.youtube.com/watch?v=E1tOV7y94DY
(3) https://www.youtube.com/watch?v=achxrz7ixxY
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