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Mariana de Althaus
Dramaturga

Publicado el 6 de diciembre del 2018

Mariana de Althaus
Dramaturga

Publicado el 6 de diciembre del 2018

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George Eliot publicó su primer libro en 1859, y la crítica lo alabó. Charles Dickens le auguró un futuro brillante al autor, aunque señaló que le parecía que ese libro sólo podría haberlo escrito una mujer. No se equivocaba. Cuando se publicó su segundo libro, ya circulaba el rumor de que George Eliot era en realidad el seudónimo de Mary Ann Evans, una importante editora y crítica literaria inglesa. Ella había decidido, como muchas escritoras del siglo XIX, hacerse pasar por hombre para que el prejuicio hacia la literatura de mujeres no le sembrara el camino a una crítica adversa.

Había nacido en un hogar evangelista, y tuvo que dejar los estudios a los dieciséis, luego de la muerte de su madre, para manejar el hogar. Mientras, aprovechó para estudiar griego y latín. Cuestionó la religión y se enfrentó a su padre. Cuando él murió, Mary Ann se fue a conocer otros países. Se enamoró de un hombre separado y se mudó con él, atrevimiento que le costó el repudio de su familia y el ostracismo social. Se volvió una escritora famosa y, para evitar agresiones por su condición de concubina, tuvo que recluirse en una mansión donde recibía eventualmente a importantes admiradores como Henry James y Karl Marx.

Escribió siete libros, y el sexto la ubicó en la vanguardia de la novela moderna: “Middlemarch”. Harold Bloom, en su libro “El canon occidental”, la ubica entre las novelas más importantes de la literatura occidental: “Si existe una fusión ejemplar de fuerza moral y estética en la novela canónica, George Eliot es el mayor ejemplo, Middlemarch su análisis más sutil de la imaginación moral, posiblemente el más sutil que se haya alcanzado en la ficción en prosa”. Middlemarch es una genialidad de mil páginas que te sumerge, como todas las grandes novelas largas, en una experiencia paralela, casi tan intensa e irrenunciable como la real. Sus personajes nos obligan a ver el mundo de mil maneras, y su narradora no se inhibe de opinar sobre ellos. “Si tuviéramos agudizada la visión y el sentimiento de todo lo corriente de la vida humana, sería como oír crecer la hierba y latir el corazón de la ardilla y nos moriríamos del rugido que existe al otro lado del silencio” dice la narradora, y Bloom se rinde a sus pies: “George Eliot, al igual que Emily Dickinson y Blake, y al igual que Shakespeare, lo repensó todo por sí misma”.

Tenía que llegar una escritora para escribir el camino luminoso que se abre a partir de la desobediencia femenina.

La crítica feminista le exigió a Dorothea, la protagonista, romper más estructuras de las que su autora le hizo romper. Pero, como vimos en un círculo de lectura, en las novelas decimonónicas escritas por hombres las mujeres transgresoras siempre morían (Anna Karenina, Madame Bobary, etc), en cambio en “Middlemarch” la mujer que desafía las reglas no muere, y se abre hacia el mundo y hacia la vida. Tenía que llegar una escritora para escribir el camino luminoso que se abre a partir de la desobediencia femenina. Además, esta obra maestra de mil páginas, de una ambición e impacto que muy pocos hombres alcanzaban a tener (y aun hoy no alcanzan), es en sí misma un puntal feminista. Y ella, Mary Ann Evans, es un ejemplo asombroso de la mujer feminista: una mujer que crea posibilidades ahí donde otros ven barreras.

Leer Middlemarch es, por su longitud, su hondura y su singularidad, una experiencia transformadora. El que se atreve y logra completar esa intensísima maratón, sabe que algo ha pasado en su cabeza, y es irreversible. Ha oído el rugido que existe al otro lado del silencio.

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