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Mariana de Althaus
Dramaturga

Publicado el 4 de octubre del 2018

Mariana de Althaus
Dramaturga

Publicado el 4 de octubre del 2018

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Fines de los ochentas. Crisis económica y apagones. Vladimir, un chico que vive con su madre separada, sueña con ganar un concurso de fotografía para escapar del fracaso familiar. El presidente ha sumido a la población en la peor crisis de su historia, y lo ha dejado abandonado en un eterno apagón; y el padre de Vladimir ha hecho lo mismo, ha huido persiguiendo sueños utópicos. El país es una casa en ruinas de la que la madre y su hijo deben escapar, a riesgo de ser sepultados por sus cimientos hechos de palabras agrietadas como justicia, cariño, solidaridad, palabras que duelen al pronunciarlas. La madre tiene que irse a Estados Unidos a empezar otra vez, para ofrecerle un futuro a su hijo, pero eso significa admitir el fracaso de sus ideas de transformación social, de igualdad, toda su forma de ver el mundo. “Hay que creer en lo que hay que creer y joder a quien hay que joder”, dice Maria Elena, la madre de Vladimir. Si no, las cosas no avanzan, los sueños se empozan. Pero las maletas están llenas de cosas difíciles de abandonar. “¿Cómo sabe una lo que tiene que dejar y lo que tiene que llevar?”, se pregunta. ¿Hay que llevar nuestra identidad, o crearnos una nueva para encajar allá donde vamos? ¿Hay que dejar nuestros sueños y comprarnos otros? ¿Cómo hacemos para acomodar nuestras ideas a un mundo que las contradice? ¿Cómo transmitirles a nuestros hijos sueños idealistas sin condenarlos a la insatisfacción?

Cuando vi la obra en 1994, me vi reflejada en Vladimir: los jóvenes de esa época estábamos llenos de sueños, pero el país nos ofrecía pocas posibilidades para cumplirlos. Hoy, veinticuatro años después, bajo la inspirada y fina dirección de Alberto Isola y con un excelente elenco encabezado por la extraordinaria Alejandra Guerra, reconozco en Maria Elena a uno de los personajes femeninos más bellos y memorables que ha creado la dramaturgia peruana.

A fines de los ochentas se fueron miles de peruanos del país, como Maria Elena, huyendo de la crisis a empezar de cero en otro lugar. Hoy, otros miles de venezolanos han llegado a nuestro país por la misma razón. En estos momentos en los que vemos brotes de xenofobia y falta de empatía con los migrantes venezolanos, Vladimir es un recordatorio de nuestro pasado, de la grieta que se abrió en nuestros hogares y nos hizo pensar en huir, de lo difícil que es hacer maletas, decir adiós y empezar de nuevo.

El Centro Cultural de la PUCP rinde homenaje a Alfonso Santisteban, uno de los dramaturgos más importantes del teatro peruano, reestrenando tres obras de su autoría bajo el título de “Trilogía”. Por ahora podemos ver en cartelera las primeras dos: “Vladimir” y “El caballo del libertador”. Cuando vi la obra en 1994, me vi reflejada en Vladimir: los jóvenes de esa época estábamos llenos de sueños, pero el país nos ofrecía pocas posibilidades para cumplirlos. Hoy, veinticuatro años después, bajo la inspirada y fina dirección de Alberto Isola y con un excelente elenco encabezado por la extraordinaria Alejandra Guerra, reconozco en Maria Elena a uno de los personajes femeninos más bellos y memorables que ha creado la dramaturgia peruana. Ella encarna nuestra desesperación por construir un mundo mejor para nuestros hijos. La valentía y la fuerza incansable de todas las mujeres peruanas que crían a sus hijos solas y con todo en contra. Ella cree, ella jode, ella avanza. Ella encarna la esperanza.

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